La tempestad
El tiempo es relativo y acá, en el búnker, hay diecisiete relativistas, descontando al novato, que todavía permanece dando vueltas carneros entre los tubos de luz, y a su antagonista, que, con los ojos humedecidos, aún respira en el piso fangoso. «Se van a recuperar», dijo con seguridad la pálida supervisora.
Algunos dicen que fueron segundos; otros aseguran que fueron siete horas, y nunca faltan los medicados que hablan de cuatro noches y un día.
Lo cierto es que la gravedad desapareció y nos fuimos pegando al techo en cuestión de microsegundos. Sin soltar nuestros utensilios de trabajo, como protagonistas de una fotografía de Hans Namuth, donde el suelo y las paredes se borran para dar rienda suelta al expresionismo de nuestros sartenes, chorreando aceite, zigzagueantes por los aires.
Tenemos la suerte de que las estanterías y el resto de la infraestructura laboral están atornilladas al piso (por los robos, obviamente), porque, de haber subido, nos habrían aplastado.
¿Fue un enfriamiento en la corteza celeste? ¿Nuevamente un planeta se desorbitó? ¿Otro experimento del multimillonario japonés que sale mal? Nadie lo sabe, pero hay indicios de que se cortó la atracción fatal entre la luna y el mar, porque los baños se inundaron y hay toda clase de moluscos salidos del wáter: tragedia shakespeariana para los efebos encargados de desagotar la tragedia.
Conclusión: todos fuimos Jackson Pollock por 15 min, como dijo el profeta.
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