Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja.
Con una risa impetuosa y ruidosa. Así comienza la tragedia de esta noche de chaparrones.
Todos miramos los televisores. Suele suceder que algún empleado inepto confunda el canal 465 de dibujos animados con el 456 del canal porno.
Los hombres mayores y obesos, al ver tetas en la pantalla gigante, automáticamente escupen las papas y comienzan a reír por nervios.
No es este el caso. Los televisores están apagados porque cortocircuitaron, dijo el técnico.
Este hombre se ríe solo, salta del asiento; su cuerpo no puede contener su entusiasmo. Su estado de éxtasis y felicidad es verdaderamente envidiable (también se ríen algunos empleados). ¿Será producto del ácido valproico o del valproato sódico?
En estos tiempos turbulentos, la creatividad y la empatía son más necesarias que nunca para superar las crisis nerviosas y encontrar soluciones. Las cachetadas no funcionaron.
Su risa ya comenzaba a ser molesta y a llamar la atención del resto de la clientela. Miramos por todos sus orificios para ver si estaba evacuando de alguna manera (no por ahora). Acto seguido, lo arrastramos hasta el pelotero; era el sitio ideal, un lugar donde las risas histéricas de los niños hiperactivos, hijos de padres divorciados, son la regla.
Su cuerpo fofo se hundió entre las bolas de colores, quedando por fuera su rostro feliz, porque no queremos tener una desgracia.
Vuelvo al mostrador. Alguien siempre tiene hambre.
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