La magia del arte
El vendedor de la máquina de batidos era lo que, cinematográficamente, se le dice un Perfecto idiota. Plano general, plano americano, plano medio, primer plano. Idiota en todos los ángulos posibles.
Son de esos chicos que llenan el formulario laboral un lunes a las siete de la mañana, con tanta resaca que no saben ni dónde están ni las cruces que hacen en los casilleros de múltiple choice, que luego serán su infierno personal cuando ingresen en la dinámica laboral del hervidero.
No hay que subestimar el manejo de los botones; que sean de colores no quiere decir que sean inocuos. Y no lo digo por solidaridad con el resto de la tropa, pero nadie quiere perder un brazo, porque eso significaría perder el trabajo. Y sin trabajo no hay futuro (coaching).
—¿Si el operario tenía antecedentes psiquiátricos? ¿Quién no los tiene?
¿Acaso no es mejor tener sucursales con personal fritando toda la noche, las 24 horas, los 7 días de la semana, que tener miles de personas encerradas en manicomios? No alcanzarían los impuestos para pagar tanta medicación. ECONOMÍA.
La cuestión es que no sabemos si lo hizo a propósito o por un cortocircuito mental, pero la máquina de batidos comenzó a inundar de crema rosa su cubículo de vidrio de 2 m × 2 m, y fue entonces cuando el desdichado descubrió su veta artística y decidió tomar una fotografía para luego subirla a internet y ponerla en una subasta online como NFT (token no fungible).
La noche siguiente supimos la razón de su ausencia por el noticiero: había vendido la fotografía digital (un archivo JPEG) por 12 millones de dólares estadounidenses.
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